jueves, 20 de mayo de 2010

El salto a la cordura

Edwin acudía todas las semanas hacia Magdalena del Mar. Era un paciente del hospital Larco Herrera. Sus alteraciones mentales lo obligaban a recibir un tratamiento psiquiátrico constante. Y ese cuadro depresivo fue la principal causa que lo llevó por un camino largo y sin retorno. Abrumado por la locura, aquella adrenalina desde las alturas se mostraba como una solución a sus lamentos. Con la mirada perdida, esa tarde, Edwin Gonzales Cano, armado de valor y de demencia saltó de la baranda hacia el precipicio.

Era un miércoles en Magdalena. Edwin Gonzales, acudía puntual a recoger sus pastillas antidepresivas, para apaciguar el gran peso de sus torturas mentales. Se deprimía con facilidad. ¿Acaso esa mujer era el problema? ¿O es qué acaso la sombra de aquella fémina que se fue lo martirizaba a diario? Él solamente lo sabía.

Salió del nosocomio con rumbo desconocido. Camino por largos tramos. Decidió bordear las calles más transitadas. El sol caía lentamente sobre el litoral de la Costa Verde. Pero a él no le importaba. Ensimismado en su tristeza cruzó la avenida Paseo de la República. Deambuló a lo largo del pasamano del zanjón. Le importaba poco el zumbido ensordecedor de los bólidos motorizados bajo sus pies. Y los gritos de los cobradores de microbuses que cruzaban por el puente Diez Canseco. ¿Qué demonios quería ella para ser feliz?

Edwin tenía 32 años y sus penas pesaban más que estos. Era aproximadamente las dos de la tarde y con la mirada perdida en el by pass de la Vía Expresa pensó en ella. Al despertar, su regreso fue tan real que la imagen del lugar le ofreció la sensación de soledad total. Cogiendo un poco de polvo escribió ‘Juana Correa’. Observó el nombre y tuvo valor. O tal vez cobardía. No soportaba más eso. Empinándose llegó a subir sobre la baranda. Miró el horizonte lleno de casas. Sintió el frío aire de Lima. Cerrando los ojos se lanzó.

‘Juana Correa’ fue el adiós para todos los observadores atónitos del lugar. En el fondo de la transitada arteria yacía el cuerpo de hombre desesperado. El polo plomo y el pantalón lila quedaron manchados de sangre. La cabeza destrozada, gráfica ironía de una mente ya derrumbada desde adentro.

Edwin encontró su paz, con el final de su vida. Nadie entendió el por qué. Un indicio: un nombre. El suicidio como salida absurda. Y las respuestas que la policía necesita. Quizás, de ese modo, otros entiendan. O comprendan la desesperación. Pero, ya es muy tarde. De nada valdría. Edwin ya está muerto.